La cultura como campo de batalla el eje de la guerra multidimensional contra Cuba

Miércoles, Octubre 21, 2026 - 13:07
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dia de la cultura cubana

En 1993, cuando Cuba atravesaba el momento más oscuro del periodo especial, con una economía en colapso y el enemigo apostando a la caída inminente de la Revolución, Fidel Castro pronunció una frase que muchos interpretaron como una consigna, «La cultura es lo primero que hay que salvar», dijo ante el v Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

La frase no surgió al calor de los debates, era una reflexión madurada a lo largo de décadas de enfrentamiento con la potencia más poderosa del planeta. Fidel comprendía que, sin el sentido de pertenencia, sin la defensa de los principios y sin la espiritualidad que sostiene a una nación, sería imposible encontrar la fuerza para resistir.

Poco después, en Caracas, redondeó el concepto: «Una revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas». Era la constatación de que la Revolución Cubana había sobrevivido a diez administraciones estadounidenses, a un bloqueo económico sin precedentes y a la desaparición de su principal aliado, porque poseía una cultura revolucionaria forjada en más de un siglo de lucha.

En el vasto y turbulento escenario de los conflictos contemporáneos, las armas han dejado de ser el instrumento exclusivo para doblegar a las naciones, la guerra multiforme de carácter no convencional ha desplazado el centro de gravedad del enfrentamiento hacia terrenos menos visibles, pero igualmente devastadores: las mentes, las identidades y los relatos que sostienen a los pueblos.

Así, en este nuevo paradigma, la cultura no es un adorno ni un refugio neutral, es el blanco principal, la estrategia estadounidense contra Cuba ilustra con precisión este principio.

Desde hace décadas, el diseño de la subversión contra la Isla no se limita a la asfixia económica ni al cerco diplomático, incorpora, de manera explícita y documentada, un componente cultural que busca erosionar la identidad nacional para facilitar la derrota.

Con la fábrica de falsarios trabajando a toda máquina, como hicieron en Europa del Este, producen a granel a nuestros Aleksandr Solzhenitsyn, promueven por medio de la música de alquiler los valores de la sociedad de consumo, la vulgaridad y la misoginia, compran supuestos periodistas, corrompen conciencias, saturan nuestro ecosistema digital con chatarra medíatica, etc. 

El objetivo declarado es lograr que «la gente reniegue de su identidad» y «se avergüence de su historia» para que asimile «los paradigmas y los patrones de la filosofía hegemónica imperialista».

Este ataque cultural se articula con el resto de las dimensiones de la guerra, esencialmente con la asfixia económica, que no es solo un castigo material; es presión sicológica diseñada para generar desesperanza y culpar al sistema cubano de todos los males.

Una nación que deja de reconocerse a sí misma está preparada para aceptar cualquier destino impuesto desde fuera, la lógica es simple y cruel.

El Primer Secretario del Comité Central del Partido y presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha descrito la naturaleza de esta agresión: «borrar la identidad cultural de todos nuestros pueblos y de todos nuestros países; tiene que borrar nuestras historias, nuestras raíces culturales; tiene que provocar que los pueblos vean como obsoleta su cultura».

No es una interpretación sesgada de La Habana, es una estrategia documentada, el uso de la cultura y las artes como herramientas de desestabilización aparece en los manuales atribuidos a Gene Sharp, cuyos métodos fueron probados en Europa del Este y luego adaptados a América Latina.

La guerra cognitiva, ataca «la capacidad de una sociedad para interpretar su realidad, para emanciparse en su historia, para pensar desde su propia experiencia», el propósito no es destruir físicamente al adversario, sino vaciar de significado los símbolos que sostienen su cohesión.

Lograr que «soberanía» signifique aislamiento, que «socialismo» signifique atraso, que «Revolución» signifique dictadura, se trata, en definitiva, de una guerra por el sentido.

En un mundo donde las guerras ya no se libran solo con ejércitos, sino con algoritmos, relatos y símbolos, salvar la cultura es salvar la posibilidad misma de existir como nación soberana, Fidel lo entendió antes que casi nadie, la frase de 1993 no era una metáfora, menos aún, una consigna vacía.

Fuente: Granma

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